Marta Lovazzano y Cecilia Sibilia

 

En esta presentación nos propusimos articular la entrevista a Pietro Barbetta “Una tumba para Antígona. Clínica del delirio límite” con una situación clínica que atendimos en equipo en el dispositivo de Clínica Situada. Se realizó una primera etapa de entrevistas familiares y una segunda etapa focalizada en la terapia individual que incluyó esporádicamente algunos encuentros familiares.

Situación clínica

Mila es una joven de ventilargos años que viene a la consulta con su familia, sus padres y su hermana mayor, todos profesionales menos ella. Interrumpió hace unos años su carrera universitaria, según refiere a causa de las dificultades que se le presentaron en sus dos últimas materias con la profesora titular y directora de la carrera.

Mila padece desde entonces desmayos, y ataques clónico tónicos confundibles con ataques epilépticos. Alterna momentos de convivencia familiar y momentos sola en su departamento. En ocasiones se ha puesto en pareja y los cierres de esas relaciones han resultado dramáticos. A las crisis conversivas se agregan ataques de ira, furia, autoagresiones e interrupciones en lo que hace. Le resulta muy difícil sostener vínculos íntimos y sociales.

Después de varias evaluaciones clínicas, neurológicas, psiquiátricas y psicológicas se confirma que Mila no es epiléptica, sino que padece crisis conversivas, y se la ubica dentro del trastorno límite de la personalidad y el déficit de atención con hiperactividad.  

Mila nació con un desvío ocular (estrabismo divergente con hipoplasia del nervio óptico). No ve del ojo estrábico.  En los encuentros familiares muestra una estética diferente a su familia y en reiteradas oportunidades suele repetir estar y sentirse muy sola, sin amigos, también incomprendida y criticada por su familia, en especial su madre y su hermana, con quien pelea mucho.  Lo refiere como “A ellos no les falta nada, todos tienen…menos yo». La madre tiene profesión, marido e hijas; el padre lo mismo, la hermana tiene profesión, una expareja y un hijo.  Ella siente y expresa la diferencia que la insatisface, la envidia y la padece.

Al finalizar las entrevistas familiares, Mila pide tener una terapeuta individual que sea del equipo. 

Reflexiones clínicas 

Podríamos pensar que su cuerpo funcionaría como anclaje somático de la falla propia irreparable, sosteniendo eternamente la demanda de reconocimiento y aceptación de su familia.  La interrupción de carreras, parejas, trabajos, la identifican en su desvío, como su ojo. Sus crisis conversivas darían cuenta de la gran imposibilidad de procesar simbólicamente las situaciones de frustración, descargando los impulsos en el cuerpo. Pensamos con G. Deleuze, un atrapamiento de los flujos del deseo en el cuerpo de Mila;  intensidades capturadas en movimientos clónico-tónicos cuando chocan contra los muros de la frustración. Flujos que no  encuentran otros canales de producción creativa y estallan espasmódicamente. Las relaciones interrumpidas donde ella termina siendo expulsada repetirían la dinámica familiar de exclusión y de patologización.

Siguiendo a Suely Rolnik, el padecimiento de Mila se trama entre la vulnerabilidad de un cuerpo vibrátil y las representaciones que organizan al mundo en formas y significados, patrones sociales y familiares encarnados que la fijan a una identidad fallada, codificada, rígida.  El cuerpo vibrátil de Mila se encuentra anestesiado ante la alteridad del otro. Al encuentro con el límite (frustración por la carrera, por la pareja, por el malestar familiar) su cuerpo no  puede procesar la paradoja de la diferencia que le impone el otro y estalla.  La diferencia se vive como impotencia en lugar de como singularidad. El enunciado «todos tienen menos yo» ubica a Mila en una posición de despojo  comparativo  constante dentro de la dinastía familiar profesional exitosa.   Pero, articulando con Pietro Barbetta, por qué no pensar que la interrupción de la carrera a solo dos materias sea el gesto de rehusarse a someterse a la lógica edípica familiar, sin lograr aún inventar una línea de fuga creativa propia. 

Para Rolnik las relaciones afectivas exigen que la subjetividad se desterritorialice, pero no destructivamente, dejándose transformar por el otro. Mila entra en el vínculo desde la exigencia de la completud/plenitud.  Cuando la alteridad del otro rompe la ilusión, el vínculo fracasa y se produce la expulsión. La expulsión constante consolida la identidad de victima incompleta, territorio conocido para ella; y que aunque doloroso, le evita el riesgo de exponerse a un verdadero devenir afectivo.

Barbetta, define al delirio limite como un gesto, un paso a la acción corporal que busca sentir vivo al paciente, darle fuerza para sobrevivir; un gesto deliberado de supervivencia y un acto corporal para salir de la anestesia emocional o existencial. Su texto advierte que la clínica tradicional actúa al modo de un nuevo Creonte al tildar de patológica la disidencia limite.  El delirio como protesta contra lo injusto invisible.  Antígona se contrapone al orden jerárquico actuando desde el amor y lealtad al vinculo familiar.  Estar al límite o al borde de la tumba permite ver las arbitrariedades del poder. Las crisis conversivas de Mila la sitúan en la posición de protesta ante la opresión y la sumisión dentro de su red relacional.  Su padecimiento la muestra atrapada entre normas institucionales, mandatos familiares y sociales, y la ausencia de líneas de fuga que armen otro territorio posible. 

 

Desafíos del terapeuta 

Como en las situaciones de padecimiento límite, pensamos que la clínica con Mila nos enfrentó a varios desafíos:

Por un lado, a no actuar al modo de un nuevo Creonte buscando la pura remisión del síntoma, o la hegemonía de una ley, un deber ser.  Esta clínica exige validar su malestar como protesta legitima ante las tensiones familiares, sociales, y las dinámicas invisibles que la oprimen. No clasificarla bajo categorías cerradas exige asumir una posición de escucha crítica y política, que acoja la verdad contenida en su malestar límite. 

También nos enfrenta al desafío de no maternarla ni devolverle su completud (ya que el riesgo de haberla elegido podría ofrecer la ilusión de un territorio seguro y conocido). En cambio, decidimos acompañarla a tolerar las fuerzas que conmueven su cuerpo sin que termine destruido.  Una intervención cartográfica implicaría no rellenar la demanda con formas prefabricadas, sino ayudarla a construir canales de expresión donde la frustración no se traduzca en crisis conversivas ni en expulsiones vinculares. Dar lugar a esos afectos que piden pasaje, y están vibrando en su cuerpo, ya que como dice Suely Rolnik, «la terapia es el arte de liberar la vida de sus estancamientos «.