Por Ana Briolotti – Dra. en Psicología – Docente de la Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires

 

Inga-Britt Krause, antropóloga social y terapeuta sistémica de la Clínica Tavistock de Londres, escribe este artículo para la revista Journal of Family Therapy de Australia y Nueva Zelanda en respuesta a un interrogante formulado por la propia publicación: ¿necesitamos teoría en la psicoterapia sistémica? Krause toma esta pregunta y propone un desvío: antes de decidir si necesitamos teoría, deberíamos preguntarnos de dónde viene la que ya tenemos, y qué hace con nosotros y con los otros cuando la usamos.

Si asumimos que toda teoría psicológica presupone una idea de lo que es un ser humano, cabe preguntarse por el estatuto de esa noción. En este punto el texto dialoga con la filósofa jamaiquina Sylvia Wynter, para quien «el ser humano» no es un dato natural sino el producto de una epistemología particular, forjada a partir de la conquista de América. El Hombre racional del Renacimiento, y luego el Hombre «seleccionado» del darwinismo social, muestran que la raza y la colonialidad han sido componentes centrales de dicha definición. La categoría misma con la que la clínica cree nombrar lo que compartimos con nuestros pacientes −una «humanidad compartida»− carga con una larga historia de exclusiones. Apelar a lo universal no resuelve entonces el problema del otro, sino que lo elude. Como plantearon Deleuze y Guattari: “creemos que lo universal explica, cuando es lo universal lo que debe ser explicado”. Sobre este punto Krause propone volver a los conocimientos situados (Haraway) y a lo que la filósofa María Lugones denominaba “la espacialidad de la teoría”: toda teoría se comprende mejor desde el lugar en el que se originó y desde los lugares donde se entremezcla con el mundo y con las prácticas.

La segunda mitad del artículo retoma estas ideas para pensarlas en el ámbito clínico, a partir de la pregunta por cómo estar en sesión. Krause propone la figura de «estar en el medio» (“being in the middle”): no ya un terapeuta que decide posicionarse dentro o fuera del sistema, sino el reconocimiento de que estamos siempre en el medio, implicados en los procesos de subjetivación que ocurren en el encuentro, con nuestro propio cuerpo, nuestros afectos y nuestras historias como parte del campo. La autora ilustra de manera muy clara esta posición con una viñeta de su propia práctica —el trabajo con dos hermanas huérfanas y su madrastra— que por sí sola invita a la lectura del artículo.

En sus conclusiones, Krause disuelve el dualismo teoría-práctica al pensarlas como elementos entrelazados, ya que no podemos hacer nada sin hacerlo desde algún lugar. Señala que teorizar es entonces un proyecto ético, aunque a veces no sea evidente, y que no debemos perder de vista el hecho de que las teorías pueden usarse de manera discriminatoria o destructiva. La única vía ética de sostener una teoría o concepto, sugiere retomando a Deleuze y Guattari, es tomarlo como un campo cuyos fragmentos pueden ser escrutados e interrogados de cerca. Si aceptamos hacer eso −y solo si aceptamos hacer eso−, entonces sí necesitamos teoría en la psicoterapia sistémica.

El artículo deja, además, tres preguntas para los terapeutas, que valen como orientación para una clínica crítica: ¿de dónde viene la teoría que estoy usando? ¿A qué cuestiones éticas remite? ¿Cómo me pongo yo en el medio? En tiempos en que el problema del otro exige de la clínica un posicionamiento que no lo deslinde del problema de “lo humano” como categoría colonial, el texto de Krause muestra una manera de preguntarse por el otro que empieza por preguntarse por nosotros –por el lugar desde el que preguntamos− y por las categorías y conceptos que orientan nuestra práctica.

 

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Para quienes estén interesados/as en leer el artículo, Inga-Britt Krause nos compartió una versión gratuita del artículo en inglés, disponible para descarga aquí.