Seis miradas, desde distintas disciplinas, se proponen pensar algunos interrogantes que hoy son centrales para discutir la política, la sociedad y la cultura de este siglo.

¿Por qué cambian las familias pero no las parejas?

Paula Sibilia y Christian Ferrer

Antropóloga y sociólogo

Un rasgo notorio de la actualidad es el desarrollo desigual y combinado entre la «forma familia», que ha demostrado ser dúctil y adaptativa, y la «forma pareja», que a pesar de los intensos sacudones sigue siendo poco flexible, mutuamente posesiva y tan insatisfactoria como en épocas anteriores. Mientras la infancia y la familia se metamorfosean, la pareja se debate en un laberinto de espejos contradictorios, por más que la monogamia eterna haya sido reemplazada por períodos sucesivos de exclusividad temporaria. Apremia a ese malestar -un secreto a voces- la inevitable «máquina de gestión» de los asuntos domésticos. Y así como existe una industria dedicada a entretener a los niños, también hay una para los matrimonios, pues a las frustraciones hay que sobrellevarlas y cualquier sacrificio hoy suena anticuado.

Así, en una era permisiva en lo que concierne a libertades afectivas y sexuales, proliferan servicios para el mantenimiento de la vida conyugal. Los consejos destinados a reencantar la decepción post-nupcial suponen un diagnóstico que suele ser lúcido, pero la terapéutica recomendada es ineficaz. Ante la fatalidad de la pasión empalidecida, las variables de ajuste recaen sobre los placeres de la carne y del buen querer. No deja de sorprender que esto suceda en una época que irradia imágenes explícitamente eróticas, además de prescribir la necesidad de permanecer activos en el mercado del deseo, lo cual aumenta la irritabilidad ante los hábitos inertes de las parejas estables.

Si el matrimonio moderno fue la mejor síntesis posible entre sexo y dinero, ahora se sabe que el castillo mágico del enamoramiento originario se va transformando en un monoambiente de la imaginación, al que sólo cabe redecorarlo o sustentarlo mediante viajes, gastronomía, temporadas de series televisivas y otros consumos medianamente suntuosos. Pero la resignación es un problema, por más que se anteponga la seguridad -la inversión emocional realizada, y no sólo emocional- a las posibilidades existenciales que se van dejando de lado. De allí que el candente dilema irresuelto que heredamos del siglo XX no se concentre tanto en las relaciones económicas y políticas, sino en aquellas que se deshojan en las alcobas.

 

Leer nota completa: La Nación 9 de octubre 2016