PRÁCTICA CRÍTICA EN LA CLÍNICA CON NIÑOS

Por Lic. María Esther Cavagnis  

“Serás organizado, serás un organismo, articularás tu cuerpo, de lo contrario serás un depravado. Serás significante y significado, intérprete e interpretado, de lo contrario serás un desviado”

DELEUZE, G. y GUATTARI, F., 2008, p. 197

Me despierta inquietud escuchar a padres, educadores y terapeutas, esgrimir “la falta de límites” como diagnóstico irrefutable, aplicado a cualquier situación considerada problemática en un niño.

Idéntica lectura se ofrece respecto de otras problemáticas sociales: el consumo de sustancias, la delincuencia juvenil, u otras conductas problemáticas adolescentes, son atribuidas a la pérdida de autoridad de los adultos.

En el imaginario social “la infancia” aparece definida por dos características:
1️⃣ Como un ser en desarrollo que todavía que todavía “no es”. El que debe ser conducido, tutelado hasta su destino final de adulto en un movimiento entre polos binarios que lo lleva de: emotivo a racional, dependiente a independiente, de fantasioso a realista, del imperio del deseo al imperio de la ley.
2️⃣Un ser humano insaciable “por naturaleza” que tiende a la acumulación, a la tiranización del otro y por lo tanto necesita ser limitado como forma de control social.

Estos argumentos están tan impregnados en nuestros discursos y prácticas que se afirman a sí mismos en una repetición sin lugar a la problematización.

Las teorías con las que contamos no pudieron separarse de las claves analítico-políticas de las que forman parte. Ellas mismas son efecto de una epistemología evolucionista, eurocéntrica y fono-falo-centrista.

Pensar la clínica como una práctica critica implica producir un cambio de regímenes. Salir del régimen de las limitaciones para dar lugar a la regulación de las relaciones.

A diferencia de las limitaciones, las regulaciones se dan al interior de una relación, sin patrones universales que pre digan lo que “se debe” o lo “bueno”. Es un proceso singular con sus propios tiempos, modos y flujos.