Hemos sido entrenados para negar nuestras emociones y de este modo quedamos atrapados en la ceguera sobre nosotros mismos. La neutralidad y los encuadres rígidos, por ejemplo, pretendieron anular la subjetividad implicada y así afectos y emociones se instalaron como tabúes inmunes a la problematización.
No se niega la presencia de las emociones en el terapeuta, pero paradójicamente solo “está permitido” que sean expresadas fuera del setting, con el equipo detrás del espejo, con el supervisor o en su terapia personal. Como si esto fuera posible. Como si fuera suficiente con no hablar para que la relación no se conmueva. Esto sin duda es un modo de pensar la emoción como algo que sucede dentro de la piel de cada uno y no como un efecto que sucede en el dominio de la relación.