Lic. Maria Esther Cavagnis

Abstract 

Como psicoterapeuta sistémico-relacional la pregunta que intentare abordar en este capítulo es: ¿es posible una clínica de la diferencia? Y de ella desprendo otras dos: ¿Cómo estar presente en la clínica, abierta a la diferencia y no solo a re-conocer o representar lo ya conocido o presentado? Y finalmente: si bien entiendo que no hay técnicas generales, ¿es posible trazar algunas líneas que resuenen con aquello que entendemos como método? Estas tres preguntas serían las grandes líneas que organizarían el desarrollo teórico del capítulo. En relación con ellas algunas ideas que intentan dar respuestas provisorias:

-El encuentro terapéutico como un espacio donde estar presente y dispuesto a seguir los desvíos que los signos que allí emergen nos proponen.

-Entender los sistemas abiertos como agenciamientos sensibles donde lo terapéutico es un efecto, un acontecimiento, un devenir.

–  Propongo ideas para cartografiar los procesos de subjetivación involucrados como método.

La clínica deviene estética porque deja de encargarse de lo que está fuera de todo espacio y tiempo y se ve inmiscuida con el pensar y el alterar creativamente los espacios y los tiempos.

 

Introducción 

Los modelos psicoterapéuticos desde su nacimiento a finales del siglo XIX, hicieron grandes esfuerzos para adecuarse a los cánones del modelo científico moderno. La generalización, la universalización, la comprobación empírica y demás presupuestos, según el modelo de las ciencias más duras, siempre fueron objetivos esquivos en las ciencias sociales y particularmente en el campo de la psicoterapia, a pesar de lo cual, los modelos clínicos no cesaron de perseguirlos  con el costo de sentirse una ciencia inferior por no alcanzar el status requerido.

Bateson provocadoramente en 1979, en el capítulo “Todo escolar sabe” de Espíritu y naturaleza, (Bateson G. , 1982) afirmaba, en el primer punto, que la “ciencia nunca prueba nada” (p37. ), y lo expresa así: , más adelante, que “la ciencia a veces mejora una hipótesis, a veces la refuta, pero ¿probar? Eso es otra cosa” (p.38 ). Parafraseando el desarrollo siguiente, podemos recordar que  intentar predecir no es otra cosa que tener esperanza en la simplicidad, pero, por desgracia o por fortuna, los hechos que se suceden revelan otro nivel de complejidad. Tal vez, con el tiempo, se pueda encontrar una pauta que ayudará a que algo aparezca como familiar o comprensible. Esta pauta, sin embargo, se puede quebrar en cualquier momento y no puede ser predicha: “Podemos conocer lo genérico, pero lo específico escapa a nosotros” (p. 39).

En el segundo punto, del mismo capítulo al que me estoy refiriendo, Bateson, siguiendo a  Korzybski, afirma que “el mapa no es el territorio y el nombre no es la cosa nombrada” (p.40 ). Creo que sobre esta afirmación no es necesario hacer adelantar aclaraciones ya que ha sido suficientemente debatida en nuestro campo, aunque con sentidos un tanto diferentes al que quisiera dar aquí. No se trata solo de relativizar la verdad sino de pensar en la complejidad y singularidad de las variaciones en la producción material de lo vital.

 

Las teorías generales aplicadas deductivamente a cualquier situación clínica suelen fracasar o al menos dejarnos con la sensación de que el cambio que parece haberse dado es un cambio meramente conductual o lingüístico, que no implica una transformación de la subjetividad. Si bien entiendo que, como plantea Borges en Funes el memorioso, «pensar es olvidar las diferencias» (Borges., 2009, pág. 126)p 126, el desafío en el que nos encontramos nos obliga a pensar-actuar de cara a la singularidad de cada situación clínica.

Este trabajo surge de la lectura de algunos pensadores de la diferencia, especialmente Bateson y Deleuze, y de dos perspectivas de análisis, el pensamiento decolonial y el nuevo materialismo, presente en estos mismos autores, en el contexto de la práctica clínica. Intento desplegar aquí una pregunta básica: ¿es posible una clínica de la diferencia? Y de ella  otras dos: ¿cómo estar presente en la clínica, abierta a la diferencia y no solo a re-conocer o re-presentar lo ya conocido o presentado?, y, ¿es posible trazar algunas líneas que resuenen con aquello que entendemos como método?

 

Primera pregunta: ¿Es posible llevar adelante una clínica de la diferencia?

Para pensar esta pregunta necesitamos hacer un rodeo por la filosofía de la diferencia, partiendo de una de las ideas centrales en la teoría batesoniana enunciadas como «diferencias que hacen diferencia», para luego dirigirnos a las conceptualizaciones al respecto de Deleuze y Deleuze y Guattari. (Deleuze G. , 2009), (Deleuze & Guattari, 2002)

En primer lugar, «diferencia» no debe ser entendida en tanto diversidad, ni tampoco referirla a categorías predefinidas o a diferencias de grado o jerarquías. Estas «distinciones» en el sentido fuertemente cartesiano (Descartes, 1987, págs. 57-58), refieren a entidades discretas, en las que la propiedad principal es ser en-sí misma y de-terminada. Lo distinto es aquello que posee límites nítidos y precisos y, en este sentido, está relacionado etimológicamente con la palabra latina «limes» que era el camino que separaba las propiedades de los campesinos en la antigua Roma. Un ser distinto es un ser separado de otros seres al punto tal que, como ocurre con las propiedades, los excluye.

En el curso sobre Spinoza, Deleuze, refiriéndose a los estoicos, comenta: “Las cosas son cuerpo. Cuerpos y no Ideas. Las cosas son cuerpos, quiere decir que son acciones. El límite de algo es el límite de su acción, y no el contorno de su figura” (Deluze, 2008, pág. 187).  El filósofo de Diferencia y repetición, p Problematiza en este texto la idea de «límite» o «contorno» desde la propuesta de Bateson en Espíritu y naturaleza, quien, después de haber hablado de la doble descripción de la relación, se pregunta “¿Qué limita las cosas? ¿Cuál es el límite del sí mismo?” Y continúa diciendo “¿existe una línea o una especie de bolsa dentro de la cual podamos decir que está el sí mismo y fuera está el ambiente o alguna otra persona? Dentro y fuera son metáforas espaciales inadecuadas cuando hablamos del yo o del sí mismo” ( (Bateson G. , 1982, pág. 146)

En su metalogo “¿Por qué las cosas tienen perfiles?” –conversación sostenida con su hija–, también citado por Deleuze en el mismo curso, Bateson hace referencia a William Blake quien en un lugar escribió: «Los hombres sabios ven perfiles y por eso los dibujan», pero en otro lugar había escrito: «Los hombres locos ven los perfiles y por eso los dibujan». ¿La hija le pregunta por qué las cosas tienen perfiles? Después de una larga conversación donde todo parece confundirse, la hija pregunta “¿Tiene perfil esta conversación?”, a la que el padre responde: “¡Oh, sin duda que sí! Pero no podemos verlo porque la conversación todavía no está terminada. Nunca lo puedes ver mientras estás en la mitad de ella. Porque si lo pudieras ver, serías predecible, como las máquinas. Y yo sería predecible. Y nosotros dos juntos seríamos predecibles” (Bateson, 1972, págs. 32-36)

Sobre ese metálogo, Deleuze le dice a sus alumnos: “Es interesante, porque cuando un profesor les reprochaba que se salieran del tema al hacer disertaciones o lecciones, ¿quería decir que el tema tiene un contorno? Quizá. ¿«Fuera del tema» querría decir fuera de los límites? ¿Es espacial? A primera vista parece espacial. ¿Pero es el mismo espacio? ¿El «fuera de los límites» y «el fuera del contorno» pertenecen al mismo espacio? La conversación, o mi cuerpo de hoy, ¿tienen un contorno? ¿Cualquier forma pictórica posee un contorno?” (Deluze, 2008, pág. 187)

Continuando con esta problematización, Deleuze vuelve a los estoicos para preguntarse si una semilla posee un límite.: “Una semilla posee efectivamente un contorno, al que incluso podemos percibirlo táctilmente, pero,  que me dice esto de la semilla? La pregunta que tendría sentido hacerse es ¿hasta dónde va la acción de una semilla? Y se responde que algo con un contorno o superficie muy pequeño puede resquebrajar un muro cuando crece dentro de el (Deluze, 2008, pág. 188) Lo que esta problematización en torno al «límite» y al «contorno» nos enseña es que los seres no están delineados con un contorno nítido que encierra a su verdadero ser al margen de otros seres, sino, por el contrario que los cuerpos siempre están en relación con otros cuerpos, mejor aún, que un cuerpo es lo que es gracias a las relaciones que posee con otros cuerpos.

Tanto Bateson como Deleuze se refieren con el término «diferencia» a una realidad inmanente en la que las cosas emergen de las relaciones y no tienen existencia previa. Un mundo de cuerpos diferenciados en el que el desafío es comprender que emergen de una relación. El concepto de «diferencia», tanto en Deleuze como en Bateson, remite a un proceso de «diferenciación inmanente» en el que no es posible identificar ningún ser primero desde el cual el resto se diferenciaría (Deleuze G. , 2009). En el comienzo de Diferencia y repetición Deleuze sostiene que la “diferencia entre dos cosas es solamente empírica” (Deleuze G. , 2009, pág. 61), es decir, surge de la comparación de dos seres identificables y reconocibles (como en el juego de descubrir las diferencias entre dos imágenes). Por el contrario, existe una diferencia primera, en realidad, “un pulular de diferencias, un pluralismo de las diferencias libres, salvajes o no domadas, un espacio y un tiempo propiamente diferenciales, originales que persisten a través de las simplificaciones del límite o de la oposición” (Deleuze G. , 2009, pág. 92)y más adelante: “la diferencia es objeto de afirmación; que la afirmación misma es múltiple; que es creación pero que también debe ser creada, como afirmando la diferencia, como siendo diferencia en sí misma” (2009, p. 100). En este sentido, para seguir con las etimologías latinas, podríamos relacionar esta manera de pensar la diferencia –entidades continuas antes que discretas– a partir de la palabra latina «limen» que hacía referencia a «umbral»: aquello que nos hace pasar de un lado a otro. La diferencia no se encuentra, comparativamente, en las desviaciones respecto de un modelo primero, de una identidad que sería el origen o modelo estable. Dicho de otra manera, se trata de la relación que está  “antes” que los términos relacionados, esa relación es la diferencia de la cual emergen los seres así diferenciados. (Deleuze G. , 2009). Por esta razón Deleuze sostiene, comentando el empirismo, que las “relaciones están en el medio y existen como tales. Esta exterioridad de las relaciones no es un principio, es una protesta contra los principios”(Deluze, Parnet , 1997, pág. 65)) Cuando desde el sentido común identificamos a seres distintos, es necesario comprender, en primer lugar, el carácter producido de cada uno y, en segundo lugar, su mutua dependencia, lo que quiere que, entonces, no son «distintos» sino «diferentes».

Bateson distingue las «diferencias» («diferente», «umbral») que están en curso, que están produciéndose en un plano de inmanencia y las «diferencias que hacen diferencia» («distinto». «límite»), estas últimas son las que detectamos, decía Bateson en aquella época, como «información» –hoy, más que de información, podríamos hablar, siguiendo a Deleuze, de «efectos» (Bateson, 1972, pág. 221) De hecho, Bateson entendía esa «información» como la producción de un efecto o diferencia, por ejemplo, cuando sostenía que los “sistemas, pensados como circuitos de relación-organización recursiva (no lineal) entre elementos complejos-heterogéneos, se activan mediante la detección de una diferencia, un cambio sensible que hace diferencia.”.(Bateson G. , 1982, pág. 227)

Para Deleuze los seres (cuerpos de todo tipo) no son identidades fijas que agotan allí su ser, sino seres que están constantemente abiertos a su afuera, a devenires y flujos de materia que los cambian permanentemente. De esta manera, todo ser o cuerpo es compuesto: posee una cara definida por la identidad, por lo estático y lo regular –lo que venimos nombrando con el concepto de «distinto»–, y otra definida por la diferencia, el devenir y lo singular –lo «diferente»–. Así, los clásicos modelos de actual-virtual, extenso-intenso, organismo-cuerpo sin órganos, consciente-inconsciente, molar-molecular, liso-estriado. (Deleuze & Guattari, cuerpo sin organos , 1985)

Ahora bien, si las categorías generales y abstractas solo dan cuenta de los seres en su dimensión «distinta», «limitada» y «actual», ¿Cómo registramos esta diferencia? ¿De qué manera las diferencias que hacen diferencias se vuelven pensables? Quisiera aludir al modo en que podemos acceder a estas diferencias de la materia que claramente no pueden ser identificadas ni reconocidas mediante la representación. ¿Cómo es posible «re-conocer» o «re-presentarnos» aquello que es nuevo? ¿Con qué categorías podríamos acceder a esas experiencias y modos de ser de los cuerpos que emergen en tanto pura novedad?

La ciencia, como advirtió Bateson, es una manera de conferir sentido a nuestros perceptos pero la percepción opera sobre la base de una diferencia. Toda información es la noticia de una diferencia y esa diferencia tiene un umbral debajo del cual la realidad no es perceptible. El conocimiento está limitado por los medios de percepción con los que contamos. La ciencia como método de percepción está limitada por su capacidad para recoger signos exteriores y visibles de la verdad, sea lo que fuere esto último. Y concluye, como anticipamos antes, la ciencia indaga no prueba.  (Bateson G. , 1982, pág. 40)

 

Nos damos cuenta de que debemos poseer instrumentos para el análisis y la comprensión en la clínica que estén abiertos a esas diferencias que hacen diferencias, debemos evitar así caer en generalizaciones abstractas y modelos universales que solo podrían aplastarlas, es decir, hacer que pasen desapercibidas. Las diferencias para Deleuze son las variaciones intensivas de la materia que, cuando superan ciertos umbrales, se hacen conscientes, produciendo sensaciones. Deleuze hace referencia a que la materia, cuando es pura variación, cuando es Caos evaporándose a una velocidad infinita no puede de ser pensada lógicamente ni con categorías generales y abstractos. Así, junto a Guattari, en ¿Qué es la filosofía?, sostiene: “El caos, en efecto, se caracteriza menos por la ausencia de determinaciones que por la velocidad infinita a la que éstas se esbozan y se desvanecen: no se trata de un movimiento de una hacia la otra, sino, por el contrario, de la imposibilidad de una relación entre dos determinaciones” (Deleuze y Guattari, 1997, p. 46). Pero en algún momento, esa velocidad infinita se ralentiza y las diferenciaciones constantes adquieren cierta estabilidad o, en otras palabras, se pasa de sensaciones inconscientes a sensaciones conscientes. Así, por ejemplo, siguiendo a Leibniz,  Deleuze (2005, p. 114) da el ejemplo del rugido del mar que podemos escuchar pero que está compuesto de infinitas olas rompiendo, que escapan, cada una, a la percepción consciente. Decimos entonces que existen percepciones inconscientes en esos miles de olas rompiendo y que esos sonidos cruzan un umbral y se vuelven sensibles en el rugido del mar. No todo es consciente en la sensación, hay partes insensibles de ella que permanecen disponibles de modo virtual, como potencias que podrán ser actualizadas y que se vuelven signos capaces de llevarnos hacia otro lugar, a un sistema-otro que hasta el momento no aparecía presente. Un signo es, así, un clinamen, un umbral sensible.

Esta es la razón por la cual las categorías universales o las generalizaciones poseen fuertes limitaciones. Todo ser, en nuestro campo (paciente, familia, grupo), no puede ser reducido a su dimensión actual, consciente, que podemos identificar y reconocer, sino que posee una cara “virtual” que puede emerger y modificar sus experiencias de vida en cualquier momento. Desde una perspectiva material, sensible, o, como he llamaré en este trabajo  (p.610), “estética”, un paciente una familia son también cuerpos cuyas vidas se ponen en juego en ese plano virtual o de diferencias intensivas que es preciso atender. Es preciso estar hacernos sensibles a la multiplicidad de signos que se emiten en una sesión, mas allá del contenido, atender a las intensidades, a los desvíos, a los movimientos, las tensiones y cualquier otro gesto de variación sensible que pueda abrir nuevas conexiones que la hegemonía del lenguaje hace pasar muchas veces desapercibido.

Antes que categorías abstractas, para acceder a la diferencia, poseemos los signos, antes que usar los conceptos universales con los que estamos equipados, listos para su aplicación, debemos hacernos sensibles a los signos que se emiten en la situación. Y voy a reiterar a riesgo de resultar obvio al lector, hacernos sensibles no es un asunto de sentimientos o de emociones aun cuando puedan ser concomitantes, hacernos sensibles es afinar nuestros sentidos, para captar sensaciones con el equipamiento de nuestro, a veces, bloqueado cuerpo vibrátil. No estamos diciendo que los sistemas actuales de los que podemos dar cuenta con las categorías generales y abstractas sean irrelevantes, que no formen parte de nuestra tarea. Lejos  estamos de abandonar conceptos como “familias aglutinadas o desligadas”, Juegos familiares, mirada trigeneracional y tantos otros asi como tampoco las herramientas técnicas provistas por nuestros diferentes modelos teóricos. o “lo trigeneracional”, etc. Pero, si   afirmamos, siguiendo las intuiciones de Bateson y de Deleuze, que existe además un plano de realidad sensible, que desborda a esos sistemas actuales y sus categorías.

PermitenmePermítanme incluir algunos ejemplos que espero sean cercanos a la experiencia del lector:

Una pareja: Oscar acaba de obtener el alta en un tratamiento que duró  poco mas de un año por consumo de sustancias. Emilia quien acompañó con mucha dedicación ese tratamiento hoy plantea que quiere seprarasesepararse. No siente lo mismo, la relación se ha vuelto monótona son algunas de sus quejas.   Me pregunto, ¿qué cambió?  hoy, cuando supuestamente las condiciones de salud son mejores, que signos dejaron de estar presentes o que nuevos signos aparecieron en la relación que hacen perder el interés a Emilia? ¿Tal vez la intensidad de la relación bajó? ¿el riesgo, o su necesidad de sentirse útil para Oscar? No lo saben aun, pero Emilia siente que Oscar no es aquel de quienl que ella se enamoró.

¿Qué signos de vulnerabilidad y potencia se dan entre un niño y su madre  emite un niño y capta su madre, que genera una relación de apego-sobreprotección? ¿Qué mundo pasado o temido actualiza esa vulnerabilidad? ¿Tanto en la madre como en el niño? Me preguntaba esto cuando en una supervisión, me señalaban mi cautela, el exceso de cuidado hacia esa madre y hacia esa relación que tal vez me volvía ineficiente.  ¿Qué temía desequilibrar?  ¿A qué signos estaba siendo yo sensible?, Esto era entre yo y ellos, nos incluía, ya que tal vez no hubieran provocado lo mismo en otro terapeuta. Muchas veces pacientes o terapeutas no seguimos los objetivos esperables y es importante ahí, cuando el propósito conciente parece fallar, atender a los signos que nos alertan a una realidad más compleja que la simple presencia- supresión de un sintoma. Que pauta relacional presente podríamos quebrar y tal vez resultar iatrogenica nuestra intervención?¿Que pauta relacional presente podríamos quebrar y tal vez hacer que nuestra intervención resultara iatrogenica? No estamos proponiendo abandonar la teoría ni los conceptos que tan bien conocemos, sino que estamos defendiendo la necesidad de abrirnos mediante los signos a experiencias que desbordan a la teoría necesariamente. Los conceptos generales funcionan para la cara actual de los cuerpos, para sus identidades y esos roles que podemos reconocer, pero para la sombra virtual, intensa, de las variaciones necesitamos de la experiencia de los signos. Las categorías universales dan cuenta de la dimensión molar de lo real que efectivamente existe, pero para lo molecular son impotentes o insuficientes y por ello necesitamos de los signos.

Los signos no tienen sentido previo, mucho menos significado, son el objeto de un aprendizaje temporal, no de un saber abstracto. Aprender es ante todo considerar una materia, un objeto, un ser, como si emitiera signos por descifrar, que nos llevan a mundos heterogéneos. Sólo se llega a ser ebanista haciéndose sensible a los signos de la madera o médico a los de la enfermedad. La búsqueda se presenta como la exploración de los signos específicos que constituyen la materia de tal o cual mundo. Cuando hablamos, siguiendo a Deleuze, de “hacernos sensibles a los signos” nos referimos a que la clínica –la vida misma– es un espacio de aprendizaje que solo puede darse en la experiencia. Así, por ejemplo, cuando intentamos aprender a nadar, dice Deleuze “los movimientos del profesor de natación que reproducimos en la arena no son nada con relación a los movimientos de la ola que solo aprenderemos a evitar cuando los captemos prácticamente como signos” (2009, p. 52); “en lugar de proponeros gestos que debemos reproducir, supieron emitir signos susceptibles de desarrollarse en lo heterogéneo” (2009, p. 52). Aprender a nadar es hacernos sensibles a los signos que el agua emite –fluidez, agitación, resistencia– y combinar nuestro cuerpo con ellos. Por eso los buenos maestros, continúa Deleuze, son quienes, “en lugar de proponeros gestos que debemos reproducir, supieron emitir signos susceptibles de desarrollarse en lo heterogéneo” (2009, p. 52). El signo siempre nos lleva a lo heterogéneo, es decir, a un mundo nuevo inesperado que se presenta como una apertura respecto a la realidad (re)conocida y fácilmente identificable por nuestras categorías generales y abstractas.

Diferentes mundos están conformados por sistemas de signos específicos que constituyen su materia. Los signos tienen sentido y están relacionados en un mundo y carecen totalmente de sentido en otro, porque el signo, en realidad, es lo que acontece en el encuentro entre cuerpos, es el encuentro siempre variable de esos “puntos relevantes” de los que habla Deleuze: “Aprender es, en efecto, constituir este espacio del encuentro por medio de signos, en el que los puntos relevantes se entrelazan los unos con los otros” (2009, p. 53). La clínica estética es un aprendizaje en el sentido en que el encuentro nos lleva al despliegue en lo heterogéneo evitando la aplicación de categorías generales y abstractas. La clínica es la oportunidad de un aprendizaje mutuo como lo vimos en el ejemplo de la madre  «sobreprotectora» o « sobreinvolucrada» descripto antes.  Se trata de hacernos cargo de nuestras incertidumbres, porque todo aprendizaje nos lleva a lo heterogéneo, esto es, a un mundo desconocido para el cual las categorías que tenemos a la mano pueden ser insuficientes. En la experiencia de una situación clínica concreta, cuando la teoría no se corrobora, nos desconcertamos y consideramos como errore. Tal vez sea  la oportunidad de advertir que estamos ante la emergencia de la singularidad de los signos.

Así, la clínica deviene estética, porque deja de encargarse de lo que está fuera de todo espacio y tiempo y se ve inmiscuida con el pensar y el alterar creativamente los espacios y los tiempos mismos en cada mundo. Así como veremos mas adelante,  su práctica se vuelve cartográfica en su tarea de seguir y perseguir los signos sensibles que nos llevan al afuera de los sistemas.

A modo de ejemplo: en una relación de pareja en la que uno de ellos emite signos de ocultamiento, a los que el otro responde queriendo develar lo ocultado, estos signos de  el ocultamiento y la sospecha marcan el pasaje a otro plano, al del sufrimiento y el desencanto producido por los celos.

También son reconocibles los signos propios de la violencia, cuando por ejemplo un niño manifiesta desobediencia y oposición a algunas normas y sus padres reaccionan aumentando su fuerza y conductas de control, generando una escalada que termina resultando frustrante y autovalidante al mismo tiempo, encerrándolos en un circuito que impide el aprendizaje de regulaciones mutuas en la relación.  (Cavagnis, 2002, pág. 40)

El sistema de signos puestos en juego en cada una de las situaciones arriba mencionadas, es diferente, así como los territorios que se constituyen –Deleuze había dicho el “espacio del encuentro” en la cita anterior–, componiendo en cada caso un estilo de relación o una estética relacional.

 

Segunda pregunta: ¿Cómo estar presente en la clínica, abierta a la diferencia y no solo a re-conocer o re-presentar lo ya conocido o presentado? 

Uso «clínica» aquí no para hablar del ejercicio de una práctica médica tradicional sino en el sentido de clinamen, el nombre en latín que dio Lucrecio a la impredecible desviación que sufren los átomos en la física de Epicuro. El clinamen es, según Serres (1994, p, 20), la desviación mínima por la que el átomo se separa de la recta, donde la turbulencia no es una anomalía de lo que debería suceder según el modelo de los sólidos, que siguen la regla del paralelismo, sino que su modelo es el de la turbulencia. La clínica es el trabajo con la desviación mínima, imperceptible para las categorías generales y abstractas, cuya experiencia es el signo.

Sistemas/agenciamientos sensibles 

Me permitiré usar en este trabajo las palabras «sistema» y «agenciamiento», como sinónimos ya que, aun reconociendo su procedencia diferente, tienen múltiples resonancias entre sí. Un ser/objeto/cosa nunca es uno, sino una multiplicidad heterogénea de relaciones que adquirió consistencia por algún periodo de tiempo. Es un agenciamiento/sistema sensible que, manteniendo su individuación, está abierto a nuevas conexiones.

Lo terapéutico no está dado por el dispositivo, se trata de un acontecimiento: un efecto, un devenir de un nuevo sistema/agenciamiento sensible que conecta muchos sistemas de distinto orden y también con el afuera pleno de virtualidades que exceden a los sistemas mismos.

Cuando hablo de la dimensión estética en la clínica me refiero a ese devenir posible que depende de que los sistemas actuales, tanto del/los terapeutas como del/de los pacientes, se hagan sensibles a los signos que el otro emite, que se abran para que se produzca nuevos enlaces capaces de crear un nuevo agenciamiento o sistema.

Otros ejemplos:

-Familias sistemas cerrados en lo que todo signo de salida hacia el afuera resulta peligroso y por tanto emite signos de amenaza y exclusión al que busca salida.

-Parejas en las que la diferencia esta proscripta y cualquier signo de individuación es una amenaza al sistema “dos que forman uno”.

El terapeuta necesita tiempo y cautela para experimentar, ir a tientas, balbucear con sus preguntas para tratar de ver el mundo en el que ese sistema de signos tiene sentido y emitiendo sus signos invitar a construir con ellos nuevos mundos.

Si me permiten la licencia de conmutar signo y síntoma, solo por esta vez, creo que podríamos  aludir a los síntomas como signos en su capacidad de llevarnos a nuevos territorios. «Los síntomas –afirma Guattari citado por Deleuze- son como pájaros que llaman a picotazos en la ventana. No se trata de interpretarlos, sino más bien de identificar su trayectoria, ver si pueden servir de indicadores de nuevos universos de referencia, susceptibles de adquirir una consistencia suficiente para invertir la situación» (Deleuze, 1996, p. 98).

Pienso la clínica como un encuentro, acontecimiento impredecible que como tal solo podemos experimentar, para lo que exige mi disposición, estar abierto a lo extraño, a lo inesperado. No descartar la desviación sino seguir el desvío, explorar lo que se vislumbra. El signo es el ámbito del encuentro, donde dos sistemas de relaciones conscientes-sensibles/inconscientes-insensibles se ponen en relación. Estar abierto a los signos que el otro emite y nos invitan a explorar, a desplegar, a recorrer nuevos paisajes hasta ahí insensibles o inconscientes.

 

Tercera pregunta:  Si bien entiendo que no hay técnicas generales aplicables a todos, ¿es posible trazar algunas líneas que resuenen con aquello que entendemos como método?

La pregunta por la técnica es una pregunta que insiste en los profesionales en formación. ¿Cómo se hace? ¿Cuáles son las técnicas? ¿Cuál es la caja de herramientas?

Si bien Deleuze dice: “No hay método ni receta solo una larga preparación”, Deleuze tal vez podemos sugerir algunas ideas a modo de método aun cuando, como sucede en la propuesta de la «imaginación técnica» en Bacon o en la idea de «intuición como método», en Bergson, esta idea pueda resultar paradójica, no se trata de dar técnicas, sino líneas metodológicas que permitan orientarnos en la clínica. Nos reconocemos en esta línea problemática, incluso paradójica, que plantean que bien de tanto Bacon como y Bergson y que implica el esfuerzoa de pensar en un método o técnica, siempre del orden de lo certero, de las identificaciones y las reproducciones, desde una concepción de la realidad dominada por las ideas de devenir, de diferencia y cambio.

Cartografiar como método

“Cartografiar, hacer mapa, es más acción que representación; la cartografía, antes que representar un mundo que esté ya dado, supone la identificación de nuevos componentes, la creación de nuevas relaciones y territorios, de nuevas máquinas”. Félix Guattari y Gilles Deleuze en Mil Mesetas (1980)

 

La Subjetividad es un territorio existencial compuesto de un entramado de relaciones entre condiciones materiales, cuerpos, relaciones de poder, potencias afectivas y saberes.  Ese entramado puede pensarse compuesto por recursos y líneas (relaciones). Líneas de diferente tipo: líneas duras, a las que Deleuze llama molares, otras flexibles (moleculares) y de fuga que permiten el pasaje al afuera. La cartografía está formada por líneas familiares, históricas, pero también por otros vectores subjetivantes extra familiares (clase, raza, barrio, religión, creencias, historia y geografía).  Cartografiar no se trata de representar lo dado (líneas duras o molares), sino de trazar sus trayectos a partir del problema, y no de lo que suponemos de antemano como causa y locus del mismo, así como también incluir los recursos y de los trayectos inesperados (líneas de fuga o moleculares).  Cartografiar es dibujar lineas duras asi como también los signos/umbrales que abren a otros sistemas.

Cartografiar la subjetividad es cartografiar multiplicidades.  El sujeto desde esta perspectiva es un punto de intersección entre muchos territorios, que adquiere cierta consistencia pero que no forman una unidad totalizada. Somos una composición de relaciones que no preexiste y nunca totalizan, ya que están en permanente actividad creadora.  La unidad y la multiplicidad no son opuestos contradictorios, sino que se trata de la Unidad-en-la-multiplicidad, un conjunto de variaciones que se relacionan entre sí.

Siguiendo el concepto de meseta de Bateson, retomado por Deleuze y Guattari cuando elijen el título de mil mesetas para el segundo tomo de su libro Capitalismo y esquizofrenia en 1980, podríamos pensar la Subjetividad como una multiplicidad de mesetas, conectadas entre sí,  o que resuenan, un complejo de sistemas interrelacionados esto significaría que . Uuna vibración en una puede tener efectos vibratorios en la otra. Puede haber también  situaciones en las que los flujos pasan más libremente entre ellas y otras en las que el paso está más cerrado

Una meseta entonces como dijimos es una superficie en la que un conjunto de relaciones vibra y tiene tres dimensiones:

Dimensión Extensa, Está compuesta por las relaciones actuales entre los cuerpos, algunas de estas obturan y otras dejan pasar los cambios moleculares o las transformaciones. Pueden presentarse de modo sensible/consciente y también de manera inconsciente/ insensible y se extienden en un plano superficial.

Dimensión intensiva, vinculada a las afectaciones, a las singularidades o potencias, cualidades variables que también se entretejen con otras cualidades, potencias y singularidades.

Estas dimensiones podrían relacionarse con los conceptos deleuzianos de los espacios liso y estriado. En el espacio estriado, vinculado a la dimensión extensa, las líneas, los trayectos tienen tendencia a estar subordinados a los puntos: se va de un punto a otro. En el espacio liso, vinculado a la dimensión intensiva, ocurre justo lo contrario: los puntos están subordinados al trayecto. El espacio liso está ocupado por acontecimientos o haecceidades, mucho más que por cosas formadas o percibidas. Es un espacio de afectos más que de propiedades. Es una percepción háptica más bien que óptica.

Mientras que en el espacio estriado la materia se organiza en formas, en el liso los materiales señalan fuerzas o le sirven de síntomas. Cuerpo sin órganos (liso) organismo y organización (Estriado).

Un ejemplo clásico en Deleuze es el caso del campesino y su parcela. El territorio liso,  ha sido estratificado, codificado por la determinaciondeterminación de la propiedad de la tierra. Sin embargo el efecto de  la fuerza de los vientos o la intensidad de la lluvia no se reduce a los limites de la parcela. Lo mismo ocurre en el caso del el mar que se ha estratificado para establecer el  derecho a la navegación y  otras instancias regulatorias (, estableciendo contornos imposibles e ineficaces y  limites  a lo que es liso por excelencia), ya que los mismos están ya que esta en permanente movimiento y cambio.  Liso y estriado, intenso y extenso no son opuestos binarios, ya que, en realidad, coexisten recíprocamente como dos caras indisociables en producción de la vida.

La cartografía tiene que poder dar cuenta en el plano extensivo de las relaciones actuales y también de la “carga” intensiva de las relaciones entre los cuerpos, un plano en el que esos cuerpos, además de relacionarse por sus cualidades o potencias variables, lo hacen también según la experiencia relacional subjetiva, lo que da lugar a incluir la tercera dimensión:

la dimensión temporal en la que la memoria o lo virtual impiden que el presente se reduzca a ser lo que es, o, dicho de otro modo, a que el presente se defina de manera objetiva. El mismo cuerpo y la misma cualidad actualizada puede actualizar pasados virtuales distintos. El pasado carga diferentemente al presente. Cartografiar es estar atento a esos múltiples valores del presente. La Memoria permite que la experiencia actual no se agote en su actualidad. Se trata de la dimensión pasada de la materia. (Bergson) recuerdo.  Sin embargo, la dimensión temporal de la que hablamos aquí Esta no refiere a esto, no se trata de la  memoria en el sentido de la función cognitiva de representación del pasado ni siquiera a los recuerdos. Es por el contrario  la experiencia de un aprendizaje en el que la memoria no interviene sino como medio para un aprendizaje que la rebasa, tanto por sus fines como por sus principios. La Búsqueda está vuelta hacia el futuro, no hacia el pasado. Se trata de una actualización que  no es lineal ni discreta, sino que está presente ahí, en ese instante y no es solo evocación, sino que es algo nuevo, que acontece como una fuerza nueva que crea.   En palabras de Bergson, es el recuerdo de «lo que nunca fue presente» y se proyecta hacia el futuro. El recuerdo de lo que nunca fue presente alude a la naturaleza única e irrepetible de cada experiencia, que, aunque se ancla en el pasado, se despliega en el presente de manera original y singular. Esto nos lleva a pensar otro modo radicalmente diferente de historizar en la clínica.

Para producir un movimiento ontológico es necesario hacernos sensibles, sentir de otro modo y así modificar líneas que nos atraviesan, las relaciones que nos constituyen (molares)  y las líneas flexibles (moleculares)  y las de fuga, aquellas que permiten una conexión con el afuera. Es tarea del cartógrafo dar paso al bloque de sensaciones que se presentan como un signo. Permitir que estas nuevas sensaciones se desplieguen y actualicen componiendo nuevos mundos. Para el cartógrafo «entender» nada tiene que ver con explicar ni revelar y, muchos menos con algo a interpretar. No hay nada profundo ni sublime, son intensidades buscando expresión. Lo que define el perfil del cartógrafo es, exclusivamente, un tipo de sensibilidad. Es un dispositivo que incluye sus sentidos que hacen vibrar el cuerpo. Necesita aprehender el movimiento que surge de la tensión entre los flujos y la representación: flujo de intensidades que desestabilizan el plano de organización.

Suely Rolnick en Cartografias Sentimentales refiriéndose al manual del cartógrafo afirma que lo que él lleva en su bolso es: un criterio, un principio, una regla y un breve itinerario de preocupaciones (cada cartógrafo lo va definiendo y redefiniendo para sí, constantemente). El criterio es la apertura, la conexión con el afuera; el principio, la expansión de la vida y la única regla es la prudencia, esto es ayudar a que la vida fluya reconociendo el umbral de tolerancia de los cuerpos, el del otro y el suyo propio, atento a los peligros de las líneas de fuga. (Rolnik, 1989) La misma prudencia que pide Bateson cuando habla del riesgo iatrogénico. Bateson nos invita a ser pacientes y esperar a que la pauta emerja ya que intentar intervenir con un fin estratégico, con un propósito consciente  sobre un ecosistema sin tener en cuenta la complejidad de relaciones en la que algo sucede puede llevar a lo que la llama patología ecológica. Bien lo expresa con su sensibilidad poética  cuando dice  “Solo un tonto se atreve allí donde hasta los ángeles temen pisar” (Bateson, El temor de los angeles, 1994)

Espero en este punto ya sea clara la propuesta de una clínica estética, se trata de una clínica de los signos. Cartografías sensibles que se despliegan a partir de los clinamens o desvíos que el signo implica y que pueden configurar nuevos territorios. Estar atenta a a los signos que el otro emite y a qué signos capta para lo que contamos con nuestro cuerpo vibrátil capaz de experimentar la diferencia.

 

Bibliografia

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Serres, M. (1994) El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio. Pre-Textos